Aquí nadie se prepara para salir. Las pelucas y las corbatas están puestas, pero las habitaciones son una tarde tranquila en casa: la mamá de un solo ojo leyéndole al pequeño sobre una alfombra redonda, el papá detrás del periódico, la abuela momia en el sofá con una taza de té. Y las paredes se llenan de retratos de familia, marco tras marco, como si les gustara mirarse.
Abre el que se construyó de noche: un fantasmita brilla sobre las tablas del suelo como una lucecita para dormir.












