Nadie dejó una pared vacía. Los tanques se alinean en las dos paredes y contra el cristal, entre ellos aparece un ojo de buey o un timón de barco, y el suelo se reserva para la gente. En todos hay alguien de vigilancia haciendo la ronda, y unos niños se han colado fuera de hora, algunos ya en pijama.
El más alto merece abrirse despacio, galería a galería, con la luna sobre el tejado.








